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La obra de Amanda Berenguer

 

La palabra, la casa básica     [*]  

Álvaro Ojeda    [**]  


La sala es pequeña y tiene una ventana que mira hacia el norte, lo que asegura a la poeta luz durante todo el día. La sala tiene una mesa cubierta con un mantel de hule, con una radio encendida tenuemente, a perpetuidad. Sobre la pared resaltan un par de cuadros representando un gallo y una garra. Hay afiches colgados que anuncian un festival de poesía y una obra de teatro sobre Lautréamont, así como una fotografía de la poeta Emily Dickinson sostenida por cuatro chinches sobre el tabique de madera que separa la sala de la cocina. También hay un dibujo del esposo de la poeta, el fallecido escritor José Pedro Díaz, en actitud de conferencista. La sala es escritorio, comedor, y sobe todo, ambiguo observatorio de lo que ocurre en el pequeño jardín hacia donde se abre la ventana, con un sauce llorón repleto de palomas, chingolos, gorriones, algún arisco benteveo. Amanda Berenguer observa y se observa en un extraño espacio que no posee ni adentro ni afuera, como la botella de Klein. Está atenta, cuida el perpetuo devenir del mundo.

Facetas

La Cuidadora del Fuego es el último libro que Amanda Berenguer escribió -de manera permanente y tenaz- desde 2005. El responsable de esta cuidada y trabajosa edición –el escritor, poeta y crítico Roberto Echavarren- lo explica con claridad en el postfacio del poemario: “Hace un par de años, Amanda me dijo que tenía listo un libro que se llamaría La Cuidadora del Fuego. Me pidió que escribiera el prólogo. ‘Muy bien, ¿pero dónde está el libro?’ Señaló una pila de cuadernos, siete en total, hinchados de papeles sueltos, desde un recibo telefónico hasta un cheque sobre el cual había garrapateado unos versos (el poema ‘Final’). ‘Deberías conseguir a alguien que te los pase a un archivo –dije-. Conozco a una persona que puede venir aquí con su notebook para ayudarte.’ (Amanda no usa computadora ni máquina de escribir). Pero un quebranto de su salud no le permitió contratar a ese ayudante, ni seguir trabajando en los poemas.

Luego de una veintena de libros de poesía, luego de haber experimentado desde las dicciones casi performáticas hasta la poesía más tradicional, luego de ser reconocida y premiada, el presente poemario revela a una poeta ratificando su cifra personal de obsesiones pero tratadas –acaso por cierto aire de legado y de soledad sublimada por el arte- con una frescura desconcertante. La lista de “sorpresas” incluye: una nueva forma de puntuación en donde el guión adquiere connotaciones de detención reflexiva en la lectura y de misterio; cierto desenfado humorístico en el uso del lenguaje –el hilarante poema “Los culos de El Bosco”-; el uso permanente de la interrogación, -practicada en su libro de 2005 Las mil y una preguntas y propicios contextos- que lleva al lector a dos asuntos que fascinan a la poeta: el tiempo y la pasión por el conocimiento; y una definitiva asunción de la realidad como forma provisoria de la vida, que opera de antídoto contra la angustia tangible de la desaparición física. Estrategias de la poeta para llorar la pena y a la vez encantar.

En un texto acerca del Día Mundial de la Poesía en 2004 colocado a manera de prólogo, la poeta se explica: “No sólo se siente de manera inmediata lo sensible –también se llega a sentir lo inteligente- y entonces experimentamos vértigo.” El poemario posee además, un reportaje realizado por la poeta Silvia Guerra en donde Berenguer se ratifica como una vigía en estado de constante maravilla. Interrogada sobre si la poesía es una forma de percibir la realidad, contestó: “Se podría decir que sí. La poesía es percepción, es sensación, es imaginación y todo tiene que ver con el mundo y con uno mismo. Además todo eso está adentro de nuestra cabeza, no está afuera. La realidad ¿dónde está? ¿adentro o afuera?”

Ámbitos

Resulta indudable que el poemario presenta un tono de elegía, de llanto profundo y medido, de soledad irremediable ante la muerte. A la pérdida de su esposo ocurrida en 2006, la poeta suma un estado de rotunda permanencia física –la sala de su casa de la calle Mangaripé- que ahonda el desconsuelo pero a la vez, profundiza ciertas posturas metafísicas que Berenguer siempre abordó. Los poemas son presentados como el ejercicio de la escritura de un diario, un diario que mezcla lo cotidiano y lo ominoso con una vivaz naturalidad. En el poema “La tortilla” dice: “Escribo esto que recuerdo de hace mucho: / La tortilla de papas gigante, del tamaño de la habitación,/ como un platillo volador, girando sobre mi cabeza.” La niña afiebrada describe un delirio que se traslada en el tiempo hacia un verso final ambiguo: “Yo tendría diez u once años. Me persiguió toda la tarde.” Otra razón de la escritura es el registro: “Voy a continuar aquí con mi diario -mi hilo de Ariadna.” La poeta recuerda el pasado y registra el presente desde un sitio físico y desde el lenguaje: “Estoy sola frente a la ventana abierta/ que da al sauce y a la eternidad del día –prendida-/ soy un pulpo-/ aquí sobre la mesa extendiendo los tentáculos hacia la luz/ perlada de afuera.” En este límite engañoso –adentro y afuera- la poeta genera su poesía –dolor y consuelo- y continúa escribiendo. Acaso la Berenguer esencial se encuentre en esta vocación de cerrar estructuras poéticas, labores de escritura, tareas, mientras que al igual que el pulpo en el que se transforma, se dirige a otra zona inexplorada del lenguaje. Cuando en la entrevista antes citada se le pregunte acerca de la primacía del lenguaje reflexionará: “En el principio era el Verbo. Y es verdad, los que lo escribieron, sabían.” .

Refugios

En el poema “Al borde del derrumbe” la síntesis entre forma y contenido, y entre tema y tratamiento es perfecta: “Afuera -gris- frío./ Hoy se podría escribir “lluvia”,/ una gota cada letra –menuda-pareja-persistente./ Siento que escribo como si lloviera -¿dónde?/ Una paloma en el jardín interior de la casa/ picotea pedacitos de pan sobre el césped./ La miro –y no llueve- ¿dónde? ¿dónde llueve?”. La poeta asume que la realidad sólo acontece en la medida en que su poema la nombra, no obstante, nombrar encierra una limitación fatídica que radica en la posibilidad de interrogar, de preguntar sobre lo que se ve –la lluvia- y que luego deja de verse. Cada gota encierra una letra. Cada gota que deje de caer, encierra un mundo abolido.

Pero Amanda Berenguer también es la poeta del futuro. La poeta del embelesamiento con la vida. En el poema “Orgía” esa pulsión vital se encuentra intacta: “¡Atención! Una multitud de hachones encendidos/ los aloes iluminan con fuego anaranjado/ esta mañana en el jardín del frente./ Grandes estrellas federales incrustan en el cielo/ su rojo destellante en el jardín del fondo./ Están desorientados -¿estrellas en el día?/ ¿antorchas a mediodía?-criaturas lujuriosas/ sobrevuelan la hora recién estremecida-/ la altura celeste recibe mensajes –y se alimenta de ellos-/ lenta –de rojo y de naranja-comestibles.”

Esta es también Amanda Berenguer, agradecida por la felicidad lujuriosa de la naturaleza que estalla ante sus ojos viudos, ante sus ojos que custodian el fuego de la creación poética. En los tres versos finales el poema roza cierto grado de plenitud, de gracia concedida: “Sobre un diván azul es una fiesta –una procesión-un incendio-/ un festejo ceremonial-una ascensión-/ los jardines estallan en ardiente orgía-a plena luz.” La maravilla salida de las sombras en un acto de coraje creativo.

LA CUIDADORA DEL FUEGO de Amanda Berenguer. Recopilación y Postfacio de Roberto Echavarren. Entrevista por Silvia Guerra. La Flauta Mágica, Montevideo, 2010, 183 páginas.



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Publicado en el Suplemento Cultural del diario El País.

Poeta, narrador, crítico y periodista. (Datos del autor)

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